Quince años atrás, me encontraba admirando a Paul Klee, sus maravillosas obras, sus poéticos títulos, cuando pensé:
“No sé dibujar, pero podría expresarme a través de las palabras”
Estaba sola en casa, mi esposo había salido llevándose a nuestros hijos pequeños. En la tranquilidad de una siesta de domingo tomé papel y birome. Imaginé mi pintura y comencé a escribir.
Un viento helado barría una superficie de arena y rocas afiladas como cuchillos.
En ese pétreo páramo, tan sólo iluminado por la agónica luz de lejanas estrellas desaparecidas, las semillas dormían eternamente dentro de su propia sombra; se encontraba una jaula, barrotes de hueso, que había sido antes que el ave que nunca llegó. Ni aún las sierpes, se atrevían.
Con ese comienzo, nada festivo por cierto, resulta que escribí un cuento. Ruego se abstengan de preguntarme el motivo. No lo sé. Dice don Ernesto Sábato que detrás de todo lector pertinaz, duerme un escritor que puede, o no, despertar algún día. En todo caso aquella tarde lejana despertó una humilde narradora.
Nací en una ciudad grande pero crecí en un pueblito. Escribir era una tarea impensable. Los escritores estaban muertos (Emilio Salgari, Julio Verne, Jack London) o jamás habían existido ya que, como cualquier niño sabe, la historia de Blancanieves, al igual que tantas otras, se escribió a sí misma.
Como yo estaba viva y era real, decidí recibirme de Contadora Pública, título con el que le alegré el día a mi padre.
Me sumergía, me distraía, me atareaba en el amor y los hijos cuando, hará unos quince años, reparé en Paul Klee.
Hoy, en Pasen y Vean, cruzamos el charco en busca de Patricia Nasello. Una escritora que descubrí hace relativamente poco tiempo y a la que desde entonces sigo y admiro. Patricia escribe en su bitácora Esta que ves, y se deja caer con asiduidad por los blogs aportando jugosos comentarios. Sus textos muy personales, abordan temáticas que abarcan desde la ciencia-ficción, la mitología, los seres fantásticos, las series sobre el zodíaco, hasta piezas más cotidianas que deambulan muy de puntillas sobre la línea confusa que separa ambos mundos. La cualidad que más destaco de Patricia es su inconmensurable manejo y dominio del lenguaje. Su prosa es exquisita, una delicia. Detrás, intuyo un oficio consolidado y un trabajo ingente en la construcción de un lenguaje propio que al final termina por dar forma a un estilo propio de contar y transmitir emociones. Sus textos atrapan, sugieren y lo más importante: tocan. Por eso, la semana pasada, os decía que esto sería algo así como bailar un tango. Y no me refería al tópico de la nacionalidad argentina de Patricia, aunque por supuesto tenga algo que ver, sino a la musicalidad de su prosa. Hay algo en ella de esencia del tango. Quizás sea la puesta en escena, la carga dramática o incluso la sensualidad y el erotismo que este baile universal desprende.
Hoy os presento tres textos que constituyen tres líneas de flotación distintas dentro de la narrativa de Patricia. El primero titulado Cerdo, es una metáfora brutal de nuestro tiempo. Una pieza desgarradora, apocalíptica, violenta. El individuo, la sociedad, las relaciones de poder, la dominación... Todos estos temas se entremezclan en una historia que adquiere por momentos tintes de tragedia clásica. El segundo texto, Transmutación, es una pieza marca de la casa. Patricia, en apenas pocas líneas, juego con la fantasía y la realidad hasta terminar por confundirnos. Justo en ese punto de desorientación es donde surge el mito, la otra explicación plausible. El vértice en el que agarrarse para lograr mantenerse a flote. Un texto abierto, interpretable y que nos escapa un poco más en cada lectura. Y por último Venganza, un pequeño malabarismo, un nanorrelato, un híperbreve, una pulga muy irónica y mordaz. Señoras y Señores con ustedes Patricia Nasello. Cerdo. Transmutación. Venganza. Disfrútenlos. Pasen y Vean.
CERDO
Era una mujer. La vi venir desde lejos, bajaba la cuesta a tropezones. Se caía, se volvía a levantar. Intentó volverse un par de veces, trepar la sierra. No pudo. Continuó desbarrancándose. Hasta que se topó con el chiquero. Entró temblando –de cansancio- supuse. Y se acostó entre nosotros, en el barro.
Sus piernas, sus brazos, estaban cubiertos de moretones; el pelo en desorden; la blusa y la falda, rotas.
- Viene cayendo desde hace mucho. – pensé.
Durmió varias horas.
Cuando reaccionó caminó hasta el comedero.
Una chancha llorando no conmueve a nadie. Es patético. Grotesco. Ella debe saberlo, porque da vuelta la cara, esconde las lágrimas.
Ahora está en mi manada. Tarde o temprano tendrá que entrar en celo. Si todavía llora, será su problema.
TRANSMUTACIÓN
La mujer observa el océano desde un peñasco. Recuerda la pelea, durísima, que el barco hundido librara por su supervivencia y se estremece de placer. Sólo un náufrago resta de aquella odisea, la orfandad del desdichado aumenta su deleite.
A pocas leguas hay un pueblo, los pueblos están llenos de hombres, cualquiera podría ser su enemigo. Para cada enemigo hay una estrategia. Hacia allá dirige sus pasos Moby Dick, apodo que deja en el camino.
VENGANZA
Resentido contra la indiferencia de ella, el domador ordena a los leones que ataquen.
La maga, con sumo placer, hace de cada fiera un amante.
PRÓXIMO ARTISTA INVITADO: La semana que viene nos visita un libro. Un libro con sus portada, su contraportada y sus páginas llenas de fabulosos micros. No os lo perdáis.
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