lunes, 9 de abril de 2012

PASEN Y VEAN: LOS OTROS MUNDOS


EFECTOS SECUNDARIOS
Al principio no notaste efecto alguno pero, pasados unos meses, algo comenzó a cambiar. Aunque aún no habías entrado en la madurez plena, tu piel experimentó una mejoría clara; las pequeñas arrugan se esfumaron y una vitalidad inusitada tomó tu cuerpo. Me pediste las dosis necesarias para poder continuar el ensayo durante tu estancia en el extranjero. Volviste antes de tiempo, querías verme esa misma noche. Habías detectado intolerancia al contacto con algunas personas; esa mañana en el aeropuerto, al besar a tus padres, experimentaste náuseas y más tarde, al abrazar a tu abuela, una arcada descompuso tu rostro perfecto. “Ya no quiero ser tu cobaya”, me dijiste. Mi trabajo te parecía una aberración y yo te expliqué que esos síntomas eran minucias ante la magnitud del descubrimiento. Te mostré las fotografías realizadas desde el inicio de la prueba hasta la fecha actual; el cambio era notable: el último retrato no se correspondía con tu edad. Pero no quisiste atender a razones.
Por eso ahora, años después, al encontrarte en la calle casualmente, tu aspecto no me inspira lástima. Me miras desde la profundidad de esos ojos apagados, con el rictus de la derrota en la boca y las mejillas marchitas. Y sé que cuando estrecho tu mano percibes el asco que, como todos, intento disimular.