Un día, en Wínnappu, una mujer llamó a los bomberos, y los bomberos, ni-no-ni-no-ni, vinieron, como suelen venir los bomberos cuando alguien los llama: prestos, céleres, presurosos, y uno de ellos – alto, fornido, con bigote – saltó del camión, trepó al árbol, rescató al frigorífico y lo lanzó, ahí va, a otro bombero que permanecía debajo, y que gritó mío, ya te tengo, y zás, lo atrapó al vuelo, o casi, y se lo devolvió, sano y salvo, a la mujer que lloraba desconsolada, y que nada más verlo lo estrechó fuerte contra su pecho, lo besó y le dijo, tranquilo, Adolfo, tranquilo, ya pasó, mami ya está aquí.
Luego los bomberos se marcharon. Más despacio, amplios, sin el ni-no-ni-no-ni. Y dejando tras de sí el triste trino de su compañero, que se confundía junto al de mirlos, petirrojos, camachuelos y otros volátiles.
* Título cortesía de Gabriel de Biurrun; escritor, ornitólogo.
